San Valentín

Alzo la mirada y siento como miles de mariposas revolotean en mi estómago. Es él. Lo veo descender del tren con paso rápido y perderse entre los múltiples viajeros que, como yo, caminan por la estación.

¿Qué está haciendo aquí?

Hace más de un mes no le veo, nuestro último encuentro fue de todo menos agradable. Discutimos, nos echamos a la cara cosas que no se deben decir nunca a tu pareja, a no ser que desees perderla, y nos separamos de la peor manera. Suspiro y reemprendo la marcha hacia mi trabajo, es mejor no pensar en ello.

Hoy es san Valentín, el día en el que todos los enamorados celebran su felicidad y los que, como yo, no tienen pareja se flagelan en soledad irremediablemente. Es por eso que, al llegar a mi oficina y ver las mesas llenas de rosas rojas o bombones, sé que va a ser un día muy largo.

Las horas pasan lentas y llenas de autocompasión, las sonrisas de mis compañeras se clavan en mi interior como dagas y sufro al ver como el mensajero no deja de entrar y traer regalos y más regalos. Al llegar la hora de volver a casa salgo a la carrera de la oficina, lo único que quiero es llegar a mi refugio y poder llorar mi tristeza en soledad, dejar atrás este cúmulo de sonrisas y felicidad que sobrecarga mis sentidos y volver a sumergirme en mi dolor.

En el metro me permito recordarle, imponente con su traje negro y la camisa blanca, su cabello negro engominado con ese mechón rebelde danzando en su frente, sus ojos azules intensos y sus labios carnosos. Suspiro y me obligo a dejar de pensar en él, eso solo me hace más daño y no lo necesito.

Al llegar a casa camino ágil hacia mi dormitorio, me cambio la estrecha falda lápiz negra y la camisa blanca por un pijama de franela con ositos y, desganada, voy a la cocina a por una tarrina de helado en la que ahogar mis penas. O al menos esa era mi intención…

– ¿Cómo has entrado?

Me enseña la llave que yo le di meses atrás y, sin entender que hace aquí, asiento. Contemplo su traje y me sonrojo al ser consciente de mi indumentaria, ¿quién me mandaría cambiarme? Me muerdo el labio sin saber que hacer o decir, dado que él es quien ha entrado en mi casa, que sea él quien hable ¿no? Reprimo las ganas de preguntarle cómo está o por qué ha venido y le miro descaradamente.

Deslizo mi hambrienta mirada por su cuerpo, ese cuerpo que he extrañado cada noche a mi lado. Me fijo en sus manos que están apretadas formando puños y con los nudillos blancos de la fuerza que hace y sonrío ligeramente, no soy la única que está nerviosa. Alzo la mirada a su rostro y me empapo de él, de su barba de dos días que lo hace aún más guapo y de sus ojos como zafiros clavados en mí. Me estremezco al sentir la frialdad que desprenden y suspiro.

– Tenemos que hablar.

Asiento y con las rodillas temblorosas me dejo caer en la silla que tengo delante, junto las manos en mi regazo y le miro ansiosa. Me encanta todo de él, su cuerpo y su personalidad arrolladora me atraparon sin remedio desde el primer día. Siempre he sabido que lo que yo sentía era amor, de ese que dura toda la vida, y al verlo aquí quiero creer que él también lo siente.

– He empezado una relación con otra mujer y…

No escucho lo que dice a partir de ahí, no presto atención a nada más que a esas siete fatídicas palabras. Otra mujer… Está con otra mujer…

¿Por qué ha tenido que venir a decírmelo?

¿Por qué hoy?

Me muerdo la lengua con fuerza para no gritarle que es un desconsiderado y ponerlo de vuelta y media por su falta de tacto y sentimientos. No escucho nada de lo que dice y durante unos eternos minutos solo le miro. Lo observo anonadada y siento como algo se rompe en mi interior. La sangre corre por mis venas ardiente como el fuego de la ira que sus palabras me han producido, quemando todo lo bueno que hay en mí a su paso y dejando un vacío inmenso en mi alma. ¿Para esto sirve el amor?

Ante mí se alza el dueño de mi corazón, el hombre al que yo adoro y que acaba de destrozar mis ilusiones, mis sueños y esperanzas. Ha roto en mil pedazos mi herido corazón y borrado la sonrisa de mi cara con sus odiosas palabras. ¿Para esto ha venido? Mejor haberse quedado en su casa y no hundirme más en el pozo del que llevo semanas intentando salir. ¡Maldito sea!

Tras dejar la llave en la mesa, sale de mi casa y mi vida para siempre con poco más que un adiós, dejando a su paso una frialdad que se instala en mi cuerpo y mi alma sin poder evitarlo. En cuanto la puerta se cierra siento que se ha cerrad una etapa de mi vida. Siento que lo que yo quería no puede ser y es mejor dejarlo ir, por mucho que me duela. Dejo salir toda la desesperación que mi alma posee y me deshago en lágrimas, sollozo descontrolada y reprimo las ganas de romper cosas que me invaden.

Nunca más volveré a dejar entrar a nadie en mi corazón. Nunca nadie volverá a herirme.

Hoy es el día del amor pero para mí será, a partir de hoy, el del dolor. El recuerdo constante de que no se puede confiar en el amor.

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